|
Mertxe Larrañaga Sarriegi
Miembro del departamento de economía aplicada I de la Universidad del País Vasco (EHU/UPV)
Artículo publicado en la revista HIKA
Estamos ante una crisis global, sin duda la más importante desde la Gran Depresión o desde la II Guerra Mundial. Es una crisis surgida en el mismo centro del capitalismo y las finanzas mundiales, en EEUU, en un contexto de finanzas globales y finanzas descontroladas. Es una crisis de altísima velocidad, que surgió como crisis subprime, de hipotecas tóxicas en 2007, y que gracias a la globalización financiera, se convirtió en una crisis financiera global, sobre todo en los países del norte, y en 2008 ha derivado, en gran medida debido al drástico final de la era del crédito fácil y barato, en una crisis de la economía real que afecta a todos los países, los del norte y los del sur.
Es asimismo una crisis que comparte con las crisis financieras acaecidas desde la caída de Bretton Woods en la década de los setenta su carácter sorpresivo y que puede considerarse, por lo menos en parte, una consecuencia de la creciente financiarización de la economía. Esta financiarización ha contrapuesto de manera muy clara un mercado altamente simbólico (una economía de papel, virtual, inmaterial) a la producción real y, como consecuencia, las condiciones de ida de gran parte de la población mundial han quedado expuestas a merced de la volatilidad especulativa que ha aumentado el número y frecuencia de crisis financieras hasta llegar a la tan temida crisis global que padecemos.
Es una crisis que ha puesto sobre la mesa muchas cuestiones como el modelo de crecimiento indefinido en un mundo con recursos limitados, que ha desmentido la veracidad de mitos afianzados desde el auge del neoliberalismo, como el de la autorregulación de los mercados y la no intervención del estado. Una crisis con la que se ha empezado a cuestionar la política de gestión de grandes empresas controladas por ejecutivos con sueldo millonarios en una época en la que, por otra parte, la parte de los salarios en el Producto Interior Bruto (PIB) iba disminuyendo. Que ha puesto en la picota a las agencias de rating, que han jugado a ser juez y parte porque han tenido como clientes a las propias entidades financieras que vendían los activos que debían calificar. Que ha visibilizado la inoperancia de las Instituciones Financieras Internacionales (IFIs). Que ha convertido a todo el mundo en keynesiano de la noche a la mañana. Que ha dado la razón a quienes criticaban el descontrol financiero y abogaban por medidas por medidas para frenar las cada vez mayores movimientos de capital de carácter especulativo. Que es vista por algunos autores como una oportunidad de cambio ideológico tal y como ha sucedido con otras crisis profundas en el siglo XX.
Y dentro de las crisis financieras podríamos calificarla sobre todo de crisis bancaria; crisis que ha llevado a la quiebra o ha puesto en grave riesgo a poderosísimas entidades financieras de los países más desarrollados del mundo (Bear Stearns, Fannie Mae y Freddie Mac, Lehman Brothers, Merryl Linch, American Internacional Group...) En general, se trata de empresas con una entrada importante de mujeres, pero la presencia de las mismas disminuye a medida que se va ascendiendo en la escala profesional. De hecho, seg´n la Comisión Europea, el de las finanzas o es uno de los sectores con mayores desigualdades entre mujeres y hombres, en el que, por ejemplo, la brecha salarial alcanza el 37% debido a ''las grandes diferencias entre salarios mínimos y máximos, y por el techo de cristal que impide a las mujeres alcanzar puestos directivos''.
Esta crisis ha servido pues para poner en evidencia la falta de mujeres en los equipos de dirección de las mismas y ha reabierto el debate sobre las ventajas de la diversidad en los equipos de dirección. Esta idea se podría resumir a la manera en que lo hizo The Guardian preguntándoses ''¿si Lehman Brothers hubiera sido Lehman Brother and Sisters, hubiera pasado lo que pasó? Evidentemente es una pregunta sin respuesta, pero lo que parecen indicar muchos estudios al respecto es que las empresas que incorporan mujeres a sus equipos de dirección tienen mejores resultados económicos. Lo que ha quedado claro con la debacle de entidades financieras es que sus equipos eran muy, tal vez demasiado homogéneos en cuanto a perfil de directivos; todos parecían cortados por el mismo patrón: varones blancos de clase media que habían ido a las mismas escuelas y universidades, etc.
Unido a esto, la crisis puede ser para las mujeres una oportunidad, pero igual una oportunidad un poco envenenada en el sentido de que se haga realidad lo que se conoce como acantilado de cristal, es decir, poner mujeres al frente de empresas en crisis como forma de indicar un cambio de timón en un momento en que su situación no deja de ser delicada, puesto que el riesgo de fracaso suele ser mayor que en épocas sin crisis. Movimientos en este sentido se han producido, por ejemplo en Islandia, donde se han puesto dos mujeres al frente de dos de las tres entidades bancarias nacionalizadas.
Es un crisis que puede poner fin a tres décadas de neoliberalismo en las que, entre otras, han continuado sin tenerse en cuenta las actividades de cuidados realizadas de forma muy mayoritaria por las mujeres en la esfera familiar. Pero en estas últimas décadas han sucedido transformaciones sociales y demográficas que han cambiado la vida de las mujeres. Por una parte, los esfuerzos y los logros de las mujeres en educación y en su inserción en el mercado laboral han sido espectaculares. Por otro lado, continuamos necesitando cuidados a lo largo de nuestra vida, es más, como la esperanza de vidas se ha largado, también lo ha hecho el tiempo en que vivimos dependientes de otras personas. Pero todos estos cambios no han provocado una respuesta pública adecuada y ello ha derivado en lo que se conoce como crisis de los cuidados, crisis a la que apenas se le ha prestado ninguna atención y cuyas consecuencias son de sobra conocidas: dobles y triples jornadas de trabajo de muchas mujeres, externalización de parte delos trabajos domésticos y de cuidados realizados en condiciones especialmente precarias por mujeres pobres y cada vez más a menudo por mujeres inmigrantes, etc.
Es una crisis en un contexto de finanzas globales y una crisis que se ha producido por primera vez con una incorporación casi plena de mujeres en el mercado laboral, incorporación que contribuyó a visibilizar pero no a repartir el importantísimo y larguísimo trabajo de las mujeres en la esfera doméstica en general y en la de los cuidados en particular. Y esta crisis, al igual que otras anteriores, plantea una serie de interrogantes al respecto. La primera pregunta y una pregunta básica es si se revertirán los avances conseguidos por las mujeres en las últimas décadas.
Así, una preocupación constante de las mujeres en crisis anteriores vividas en la segunda mitad del siglo XX era si provocarían la retirada de las mujeres del mercado, retirada implícitamente apoyada por algunos políticos porque produciría una mejora automática de las estadísticas laborales. Afortunadamente, la temida retirada no se produjo, por lo que es poco probable que se produzca en el momento actual en el que la participación laboral de las mujeres está mucho más consolidada que hace unas pocas décadas. Pero está claro que provocará cambios importantes en los trabajos de mujeres y hombres, aunque desconocemos la dirección exacta que tomarán y la intensidad de los mismos.
Evidentemente la manifestación más dolorosa de la crisis en la economía real es el espectacular aumento del desempleo, que se ha elevado en el primer trimestre de 2009 por encima de los cuatro millones en el estado, alcanzando una tasa del 17,4% en el primer trimestre de 2009. La crisis ha afectado en primer lugar y de manera especialmente intensa hasta ahora a sectores como el de la construcción y el automovilístico, que son sectores muy masculinos, por lo que el desempleo ha aumentado más en los hombres que en las mujeres (con ello las tasas de desempleo de mujeres y hombres se han acercado y ha aumentado algo la feminización de la ocupación laboral). Solo en el último año el número de parados ha aumentado en 1.177.200 (500.000 en el último trimestre) y l de las paradas en 659.300 (300.000 en el último trimestre) Este aumento desigual del desempleo se debe, en gran medida, a la desigual distribución de mujeres y hombres en el empleo, es decir, a la segregación ocupacional o segregación horizontal. Afortunadamente las tasas de la Comunidad Autónoma de Euskadi (CAE) son las más bajas del estado (una tasa global del 10,3%, con una tasa masculina del 10% y una tasa femenina de 11%)
En cuanto a escenarios futuros, las perspectivas no son muy optimistas. Así en Tendencias Mundiales del Empleo de las Mujeres (OIT, 2009) se afirma que, ''de forma optimista'' en 2009 las exportaciones del Sur bajarán un 15,5% y la crisis dejará en paro a 51 millones de personas en el mundo, de las que 22 millones son mujeres. La crisis incidirá mucho en algunos sectores importantes de la exportación del Sur, como la electrónica o el textil (con un 80% de empleo femenino). Asimismo, siempre según la Organización Internacional del Trabajo, la crisis económica será mayor en términos de ocupación en las mujeres que en los hombres en la mayoría de las regiones del mundo, y especialmente en Latinoamérica y el Caribe. Las únicas regiones en las cuales es probable que las tasas de desempleo sean menos negativas para ellas son Asia Oriental, las economías del Norte y la región formadas por países del sudeste de Europa no UE y países CEI.
Lo cierto es que los datos internacionales señalan que hasta ahora la incidencia en el desempleo en general y en el desempleo de mujeres y hombres en particular ha variado bastante en los diferentes países: así, de 2007 a 2008, en países como Estados Unidos o España el crecimiento del desempleo ha sido muy importante, pero en otros como Polonia y Holanda apenas ha variado. Asimismo la evolución de la brecha de género, es decir, la diferencia entre el desempleo masculino y el femenino ha sido hasta ahora bastante desigual: en algunos, la brecha ha tendido a disminuir aunque no ha desaparecido del todo (en el caso por ejemplo de España, Francia u Holanda), debido a que el paro de los hombres ha crecido más que el de las mujeres. Sin embargo en otros como Polonia o Estados Unidos la breca permanece intacta, aunque es de signo contrario porque mientras en Polonia la tasa de paro de las mujeres supera a la de los hombre, en estados Unidos sucede lo contrario.
Pensamos que los cambios en los trabajos y en la vida en general de las mujeres y hombres dependerán mucho de la evolución del desempleo. Si el paro continúa afectando más a los hombres, aumentará el número de familias que dependan económicamente en exclusiva de las mujeres; es decir, aumentará el número de mueres calificadas estadísticamente como personas de referencia del hogar. Evidentemente esto deteriorará la economía de muchas familias, que no es que pasen de depender de dos sueldos a depender de uno solo, sino que en general, pasarán a depender del menor de los dos salarios, porque como es sabido, y los datos en este sentido parecen variar muy poco con los años, los salarios de las mujeres son inferiores a los de los hombres.
Así, en el caso de la CAE, la ganancia media anual de las mujeres equivales al 71% de la ganancia de los hombres, mientras que la ganancia femenina media por hora es del 84,1% de la ganancia masculina. Relacionado con esto, cabe destacar que, aunque para medir las desigualdades salariales entre mujeres y hombres el indicador más adecuado es el salario por hora de trabajo porque con ello se aíslan, por ejemplo, las diferencias salariales derivadas de diferencias de tiempo de trabajo, para el análisis que estamos realizando consideramos que las diferencias mensuales e incluso las anuales son un dato muy significativo que refleja mejor que el salario/hora la disminución de la renta familiar que hemos comentado. Además no podemos olvidar que la mayoría, tanto de mujeres como de hombres, que trabaja menos horas de las habituales y está contratada por ejemplo a tiempo parcial declara hacerlo no por decisión propia o por cuestiones relacionadas con los cuidados, como a menudo e dice que tratar de explicar la sobrerrepresentación de las mujeres en el tiempo parcial, sino porque no han encontrado empleo a tiempo completo.
Es posible también que la mayor repercusión del paro en los sectores masculinos fuerce la entrada de algunas mujeres al mercado laboral, probablemente de mujeres en edades centrales y con responsabilidades de cuidados importantes. Se hecho, en opinión de algunas personas el paro está aumentando debido no sólo a la destrucción de empleos sino a la entrada de algún os colectivos al mercado, es decir, al aumento de la población activa por parte sobretodo de mujeres y de inmigrantes que continuarían llegando, porque hicieron sus planes antes de que estallara la crisis.
En este hipotético primer escenario que planteamos, cabe preguntarse si se producirán cambios familiares como, por ejemplo, una participación más activa de los hombres en los trabajos no remunerados. Hasta ahora los datos señalan que el cambio de relación con la actividad laboral de los hombres, el paso de ocupados a parados, aumenta pero no mucho la dedicación de los hombres a los trabajos no mercantiles. Así, según los últimos datos disponibles de la CAE, los hombre ocupados dedican una hora y 33 minutos al día a los trabajos domésticos, y los paradas dedican dos horas. En e caso de las mujeres, las paradas prácticamente duplican la dedicación de las ocupadas a los trabajos del hogar: 2:45 horas de dedicación de las ocupadas, y 4:38 de las paradas. Es decir, parece que os hombres que se quedan en desempleo tienen más dificultades para llenar su tiempo, de ahí que a menudo se afirme, por ejemplo, que las consecuencias psicológicas del desempleo las sobrellevan pero los hombres que las mujeres.
En el caso de que el paro afecte tanto a las mujeres como a los hombres, algo bastante probable ahora que el desempleo ha empezado a afectar mucho al sector servicios, donde se emplean más del 80% de las mujeres, conviene recordar que la situación de las mujeres en desempleo es pero que la de los hombres: están menos protegidas y durante menos tiempo por las prestaciones, debido precisamente a su peor situación labora. Otra consecuencia de la crisis y muy ligada al aumento del desempleo es una mayor precarización y probablemente un empeoramiento de las condiciones laborales de muchos empleos. Y la precariedad, hoy por hoy, sigue afectando más a las mujeres que a los hombres: en la CAE la parcialidad es sobre todo femenina (el 27ç% de las mujeres y el 4% de los hombres tienen empleos a tiempo parcial); la temporalidad afecta también algo más a las mujeres que a los hombres (30% de los contratos femeninos y 26% de los masculinos son temporales); y, como hemos dicho, los sueldos medios de las mujeres son inferiores a los de los hombres. Además conviene leer estos datos sin perder de vista que hay menos mujeres que hombres en el mercado, porque la tasa de actividad de las mujeres es de 50,4% y la de los hombres de 66,4%.
Y para hacer frente a la crisis se han puesto en marcha muchas medidas que hasta ahora no han dado los resultados esperados. En primer lugar, hemos asistido con perplejidad a rescates masivos de entidades financieras que hasta hace poco obtenían beneficios millonarios que repartían entre sus accionistas. Este tipo de rescates no son novedosos, pero sí que llama la atención la cuantía y la rapidez con que los gobiernos acudieron en ayuda de los bancos; rapidez y cuantía que han puesto en evidencia la tardanza y la escasez absoluta de medios para hacer frente a otros problemas como el de la pobreza o el cambio climático. Posteriormente, se potó por medidas económicas clásicas como la rebaja de los tipos de interés y medidas de corte keynesiano para reactivar la demanda. Respecto a estas últimas cabe señalar que, si bien en los planes de reactivación económica se menciona inversiones en educación o sanidad, en la práctica se está apostando por inversiones en infraestructuras físicas con la excusa de que tienen un mayor impacto sobre el empleo. Pensamos que otras inversiones de carácter social también generaría empleo, y sus beneficios incidirían de manera mucho más directa en el bienestar de mujeres y hombre. Es el caso, por ejemplo, de las inversiones necesarias para desarrollar la ley de dependencia o generalizar la atención a la infancia de entre cero y dos años.
Finalmente está claro que la crisis afectará no sólo al trabajo remunerado sino también a no remunerado, porque el trabajo no mercantil tiene un carácter o contracíclico y normalmente suele adaptarse a la situación económica. Así, en épocas de bonanza económica, se agudiza la tendencia a la mercantilización de algunos trabajos domésticos, y en épocas de crisis sucede lo contrario. Es decir que, en situaciones de desempleo y disminución de la renta, el bienestar de las familias se deteriora menos de lo que reflejan los datos económicos a costa de una mayor cantidad de trabajo doméstico y de cuidados, y este aumento de la carga de trabajo no remunerado recae en su inmensa mayoría sobre las mujeres. Prueba del carácter contracíclico es que entre 1993 y 2003 el valor de la producción doméstica en el PIB de la CAE disminuyó en 16 puntos, y una parte de ese descenso se explica por las elevadas tasas de crecimiento económico.
Esta crisis puede ser también una oportunidad para el cambio; para cambiar por ejemplo el análisis económico del sistema; para dejar de analizar por separado el mercado laboral y la denominada cuestión femenina: para desplazar en definitiva el foco de atención hacia las condiciones de vida y de bienestar de las personas, entendiendo el bienestar como un concepto más amplio que el del bienestar puramente material. Aunque es efectivamente una oportunidad para el cambio, somos conscientes de que tal cambio pude resultar complicado precisamente en un momento en que el bienestar material de muchas personas se tambalea como consecuencia de la propia crisis. Porque al hacerlo aflorarían necesariamente tensiones sociales entre clases, sexos, generaciones y personas de diferentes orígenes, tensiones que se añadirían a las que se intensifican en momentos en que se deterioran las relaciones laborales.
Mertxe Larrañaga Sarriegi Miembro de departamento de Economía Aplicada I de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
See also:
Newer news items:
|