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Hace cuatro días que ocurrió el seismo, pero la ayuda internacional todavía no ha llegado a la población
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En esta ocasión son unos días, pero la pregunta obligada seguramente es, cuanto tiempo lleva esperando el país para que se le haya ayudado o se le haya dejado encarar su propio desarrollo.
La que otrora fuera la joya de la corona de la colonización francesa, por los recursos económicos que obtenía por la misma, al día de hoy seguramente es como el ejemplo viviente del palacio presidencial derruido por el terremoto, como los despojos a los que le llevaron las diversas ocupaciones extranjeras, en el segundo país que se libero e independizó en América Latina y que apoyó en sus campañas a Simón Bolibar.
Hoy Haití es un país de cerca de 10 millones de habitantes, distribuidos en poco más de 27.000 km2. El 70% de la población haitiana es pobre y no tiene empleo, la mortalidad infantil es de 80 por cada mil nacidos, el analfabetismo en las zonas rurales supera el 70%, la estructura económica está destruida y el 60% del presupuesto proviene de la ayuda internacional y de las remesas de emigrantes que fueron a trabajar en otros países.
Estos números son constatados a simple vista en Haití. La pobreza y precariedad son tales, que no es común poseer luz eléctrica o agua corriente, por lo que todo el tiempo las calles están abarrotadas de personas, así como llama la atención que no circulan personas de elevada edad, pues la esperanza de vida gira en torno a los 50 años.
La pobreza irrumpe en la vida del observador acomodado como los terremotos: un catálogo de brotes inesperados que hieren el planeta de forma fugaz y que tras los minutos de espanto van siendo alimento de la amnesia colectiva, excepto para las víctimas supervivientes. No suele tener memoria la pobreza. Mejor dicho: no se suele hacer memoria para explicar la pobreza.
Algunos países son como la pobreza: fogonazos efímeros que surgen en los informativos de la noche mientras la muerte y la violencia ilumina su territorio. Al pasar la desgracia, la guerra o la caricatura de la crueldad vuelven a quedar dormitando en la sombra del olvido mediático. Haití es uno de los mejores ejemplos de esta enfermedad del milenio. Aunque estos días se saturará el universo de imágenes y frases que incluirán Haití en su gramática, en otras tantas jornadas el pequeño país del Caribe volverá a dormitar en el olvido. Su historia es la de la desgracia. La genética de su desgracia está en la historia.
En 1790 la entonces Saint Domingue era el orgullo de las finanzas francesas. Buena parte de la riqueza de la élite de ese país llegaba desde esta colonia diminuta donde 12.000 personas libres –entre blancos y mulatos- gestionaban el trabajo de 500.000 esclavos. Ningún lugar tan rentable. Las 13 colonias que entonces tenía Inglaterra en lo que hoy conocemos como Estados Unidos no generaban tantos ingresos a Londres como esta diminuta media isla a París.
Tanta riqueza como odio se acumulaba en estos 27.000 kilómetros cuadrados. Tanto odio como para que a la Revolución Haitiana le costara 13 años y 60.000 vidas expulsar a los franceses y proclamar la independencia y el fin del esclavismo. El 1 de enero de 1804 Haití se convirtió así en el segundo país independiente de América (después de Estados Unidos) y en el primero en que los esclavos se liberaron y tomaron el poder.
Algunos enlaces: presencia internacional en el país, y Haití, de la catástrofe a la hecatombe.
La pobreza agrava las catástrofes naturales / La doble maldición de Haití / Relaciones de Haiti con EE.UU y Francia
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