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Más allá del desarrollo. Gustavo Esteva
Osteguna, 2009(e)ko Uztaila(r)en 16-(e)an 21:17etan

La agonía de un mito

¿Cómo reformular el desarrollo?

Ponemos a disposición del debido debate el trabajo de Gustavo Esteva sobre el desarrollo, su surgimiento, su discurrir, el largo camino recorrido, los logros y fracasos acumulados, más lo segundo que lo primero según el autor del artículo, ya que según él, el desarrollo es el emblema de un mito en agonía y un lema político que puede servir para cualquier propósito.

Es cierto que el criterio de desarrollo ha tenido el beneplácito de todos los colores políticos. Que han existido las teorías del avión que ya vuela, porque consiguió el desarrollo, que otros países se encontraban entrando en pista aeropuertaria, otros que se iban preparando, así hasta que todos pudieran poder despegar, en un al parecer orden establecido, que el transcurso del tiempo ha ido desmintiendo.

El presente artículo se publicó en AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO Nº 445, de la Agencia Latinoamérica de Información Alai Latina.

Gustavo Esteva

 

El desarrollo es hoy el emblema de un mito en agonía y un lema político para vender productos tóxicos. “Como desarrollo significa ya casi cualquier cosa”, dice Wolfgang Sachs en la revista Development, “desde levantar rascacielos hasta instalar letrinas, desde perforar por petróleo hasta perforar por agua, es un concepto de un vacío descomunal… Es testimonio del poder de las ideas que un concepto tan carente de contenido haya dominado el debate público por medio siglo”.

Hasta hace poco tiempo el desarrollo había estado protegido por un tabú. Desde la izquierda o la derecha, los académicos respaldaban la reivindicación de los políticos de que el sufrimiento de las mayorías era el precio que debían pagar por el bienestar que finalmente obtendrían. Sin embargo, una sucesión de crisis, empezando por la de los años ochenta –oficialmente “la década perdida para el desarrollo en América Latina”- permitió desgarrar el velo que escondía la naturaleza del desarrollo. La corrupción de la política y la degradación en la naturaleza, que se le asocian sin remedio, pudieron finalmente ser tocadas y olidas por todos. Un nuevo grupo de expertos documentó la conexión causal entre el deterioro del entorno y la pérdida de solidaridad que antes sólo percibían los más pobres. Resultó así posible empezar a enfrentar la verdad dominante. Hasta los universitarios, entrenados para confiar en la opinión de los expertos más que en sus propias narices, tuvieron que reconocer que el desarrollo apesta. Si uno vive en la ciudad de México o Sao Paulo, es preciso ser muy rico o muy obtuso para no darse cuenta de ello.

Para toda una generación, la mía, el desarrollo fue sagrado e inviolable. Era el ídolo común de sectas que perseguían la misma meta por medios incompatibles. Pero ha llegado el momento de reconocer que es el propio desarrollo el mito maligno que amenaza la supervivencia de las mayorías sociales y de la vida en el planeta. Necesitamos oponernos con firmeza a la esperanza adicional de vida que se quiere dar al desarrollo con la creación de alternativas. Padecimos ya las consecuencias de adjetivos cosméticos, que trataban de disimular el horror: desarrollo social, integral, endógeno, centrado en el hombre, sustentable, humano, “otro”… No podemos esperar que la salida provenga de burócratas de las instituciones internacionales ni de los nuevos cruzados del “desarrollo alternativo”, que derivan dignidad e ingresos de la promoción del desarrollo. Las cuatro décadas del desarrollo fueron un experimento gigantesco e irresponsable que, según la experiencia de las mayorías de todo el mundo, ha fracasado miserablemente.

La crisis actual es la oportunidad de desmontar la meta del desarrollo en todas sus formas.

La era del desarrollo: nuevo episodio colonial

Desarrollo es en la actualidad un término gelatinoso que alude a un proyecto de construcción de viviendas, al despertar de la mente de un niño, a la parte media de una partida de ajedrez o a la nueva turgencia en el pecho de una quinceañera. Para dos terceras partes de la gente en el mundo, empero, desarrollo connota siempre por lo menos una cosa: la capacidad de escapar de una condición vaga, indefinible e indigna llamada subdesarrollo.

Soy uno de los dos mil millones que fuimos subdesarrollados el 20 de enero de 1949, cuando el presidente Truman tomó posesión y acuñó el término. Rara vez una palabra fue tan universalmente aceptada el mismo día de su acuñación política, como le ocurrió a ésta1.

Truman la empleó para identificar una calamidad específica que afecta a la mayor parte de los seres humanos y a la mayoría de los países fuera de Estados Unidos. Usó una palabra que incluso los antiyanquis podrían reconocer como una condición indeseable. La usó para designar una condición social que casi todo el mundo se siente capaz de plantear, sin necesidad de identificarse con la tensión que así impone a la mayoría a la que se dirige. Se convirtió en un término capaz de producir irrefrenables burocracias.

No éramos subdesarrollados. En los años treinta, al contrario, buscábamos empeñosamente nuestro propio camino. Gandhi consideraba que la civilización occidental era una enfermedad curable. En vez de nacionalizar la dominación británica, buscaba Hind Swaraj: que la India se gobernase en sus propios términos, conforme a sus tradiciones. Cárdenas, en México, consciente de los efectos devastadores de la crisis capitalista, soñaba en un México de ejidos y pequeñas comunidades industriales, que evitara los males del urbanismo y el industrialismo, y en que las máquinas fueran usadas para aliviar al hombre de los trabajos pesados y no para la llamada sobreproducción. Mao había iniciado la Larga Marcha, en la búsqueda de un camino chino de transformación social. Todos estos empeños se derrumbaron ante el empuje de la empresa desarrollista. Las presas fueron los nuevos templos para la India de Nehru. México se rindió a la Revolución Verde; la obsesión por la industrialización y el urbanismo ha hecho que la quinta parte de los mexicanos viva en un monstruoso asentamiento contaminado y violento en la ciudad de México y otra quinta parte haya tenido que emigrar. El socialismo chino, como el de otros países, se convirtió en la vía más larga, cruel e ineficiente de establecer el capitalismo.

Después de Truman se han sucedido una tras de otra, a cortos intervalos, las teorías del desarrollo y el subdesarrollo. En cada una de ellas, ‘desarrollo’ aparece como un algoritmo: un signo arbitrario cuya definición depende del contexto teórico en que se usa. Como ha señalado Gilbert Rist, “el principal defecto de la mayor parte de las seudo-definiciones de ‘desarrollo’ es que se basan en la manera en que una persona (o grupo de personas) describe las condiciones ideales de la existencia social… Pero si la palabra ‘desarrollo’ solo es útil para referirse al conjunto de las mejores aspiraciones humanas, podemos concluir de inmediato que ¡no existe en parte alguna y probablemente nunca existirá!” (cursivas de Rist 1997).

Sin embargo, a medida que las definiciones del desarrollo se hicieron más variadas y contradictorias entre sí, sus connotaciones adquirieron mayor fuerza. “Es un vector emocional, más que un término cognitivo. Connota mejoría, avance, progreso; significa algo vagamente positivo. Por eso es tan difícil oponerse a él: ¿quién quiere rechazar lo positivo?” (Sachs 2007).

En el mundo real, más allá de la disputa académica sobre los significados del término, desarrollo es lo que tienen las personas, áreas y países ‘desarrollados’ y los demás no. Para la mayoría de la gente en el mundo, ‘desarrollo’ significa iniciarse en un camino que otros conocen mejor, avanzar hacia una meta que otros han alcanzado, esforzarse hacia adelante en una calle de un solo sentido. ‘Desarrollo’ significa sacrificar entornos, solidaridades, interpretaciones y costumbres tradicionales en el altar de la siempre cambiante asesoría de los expertos. ‘Desarrollo’ promete enriquecimiento. Para la gran mayoría, ha significado siempre la modernización de la pobreza: la creciente dependencia de la guía y administración de otros. Reconocerse como subdesarrollado implica aceptar una condición humillante e indigna. No se puede confiar en las propias narices; hay que confiar en las de los expertos, que lo llevarán a uno al desarrollo. Ya no es posible soñar los propios sueños: han sido soñados, pues se ven como propios los sueños de los ‘desarrollados’, aunque para uno (y para ellos) se vuelvan pesadilla.


1) Truman no inventó el término subdesarrollo, que se atribuye a Wilfred Benson, en un texto de 1942. Pero el término se mantuvo en un uso discreto en el mundo académico y de las instituciones internacionales hasta que Truman lo puso en circulación.


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