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LAS MUJERES PRODUCTORAS SALVADOREÑAS SE HACEN PROTAGONISTAS DEL DESARROLLO
Cuando el pasado sábado 19 de diciembre Morena Herrera tomó la palabra en representación de la Colectiva Feminista, para presentar el acto de inauguración del V Festival de Economía Solidaria y Comercio Justo, mucha gente se dio cuenta de que no iba a ser una edición más de este encuentro de mujeres productoras de El Salvador. En esta ocasión se producía un salto de calidad y también de repercusión, ya que detrás de Morena estaba sentado el Ministro de Economía, Héctor Dada Hirezi. A su lado, completando la mesa de honor, estaban Milagro Alvarado en representación de las organizaciones feministas impulsoras del festival, Lilian Contreras representando a las organizaciones de mujeres productoras, Rosibel Flores como representante de la Fundación Nacional para el Desarrollo FUNDE, Gladys Melara, quien es subdirectora de la Comisión Nacional de la Micro y Pequeña Empresa CONAMYPE, el Viceministro de Agricultura, Hugo Alexander Flores, y Julia Evelyn Martínez, directora del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer ISDEMU.
Representantes de instituciones del Estado estaban allí para apoyar, por primera vez, un certamen que ya desde su primera edición ha venido haciendo visibles los esfuerzos que hacen las mujeres de este país por organizarse para salir adelante y, de paso, desmontar muchos de los estereotipos en que se basan la cultura machista y el sistema capitalista imperantes.
UNA MUESTRA DE CAPACIDADES
El pabellón nº 2 del Centro Internacional de Ferias y Convenciones CIFCO acogió los días 19 y 20 de diciembre a más de 115 empresas asociativas de todo el país. El esfuerzo organizativo para hacer realidad este evento corresponde a las organizaciones Colectiva Feminista, Red-Unión de Mujeres, Las Dignas, IMU y FUNDE.
Gracias al apoyo de CONAMYPE, la muestra se trasladó desde el Parque Cuscatlán, donde había tenido lugar en las cuatro ediciones anteriores, al CIFCO y logró un incremento notable de organizaciones asistentes y visitantes, traducido también en las ventas. Las mujeres pudieron dar a conocer sus productos y demostrar su capacidad para dirigir empresas organizadas de forma solidaria y capaces de producir con calidad y solvencia.
Junto a la muestra de productos, se desarrolló también un programa de actos culturales que abarcaron desde la música tradicional andina hasta la batucada a cargo de los grupos juveniles Ka-Zamba y Siguatucada, pasando por actuaciones de clown e incluso un desfile de modas poco tradicional, que advertía desde el inicio “Las mujeres no somos cosas ni objetos sexuales, somos personas con derechos” a cargo del grupo Radioactividad Joven. Por otro lado, las propias mujeres productoras ofrecieron talleres artesanales en los que pudieron participar las personas que asistieron. Hubo demostraciones de teñido en añil, tejido de bufandas o telar manual y también, por supuesto, un destacado componente gastronómico. Todo el mundo pudo disfrutar de los platos preparados a partir de productos de primera calidad obtenidos en cooperativas formadas por mujeres en el agro salvadoreño.
MUJERES TRABAJANDO POR EL CAMBIO. ALGUNOS CASOS REALES.
Ellas son hoy protagonistas de cambios sociales y económicos que se producen como respuesta, en muchos casos, a la mera necesidad de salir adelante, de mantener a sus familias, pero que acaban por convertirse en organismos que trabajan por el desarrollo de toda su comunidad. Es el caso del Colectivo Jaraguá del distrito Italia, en Tonacatepeque. Allí, ocho mujeres desempleadas de la maquila decidieron unirse para realizar productos de artesanía con semillas. Su proyecto es hoy una realidad que les permite llevar a casa el sustento necesario, a diferencia de un empleo precario al servicio de las transnacionales y la oligarquía en el que por sus primeros catorce días de trabajo les pagaron veinte dólares.
Como muchas otras organizaciones, el Colectivo Jaraguá ha aceptado además el reto de la concienciación social y el trabajo a favor de toda la comunidad. Hoy, en Tonacatepeque, uno de los municipios con mayor índice de violencia de El Salvador, hay una biblioteca comunitaria alternativa llamada Roque Dalton, un proyecto construido por estas madres artesanas organizadas que se centra en el trabajo con los y las jóvenes. Se siembra en ellos valores solidarios de convivencia, y se les enseña que son ellos y ellas quienes deben decidir sobre su propio futuro. Además, impulsan cursos en los que enseñan inglés a los niños y las niñas. Han conformado tres grupos en los que los y las alumnas, junto con sus cuadernos y sus deseos de aprender, deben llevar algo de comer para compartir con sus compañeros. Son ocho mujeres que han rescatado su identidad y su dignidad y que promulgan la construcción de un mundo más justo a través del trabajo y la organización solidaria.
Si ha habido un colectivo tradicionalmente invisibilizado, ése ha sido el de las mujeres rurales salvadoreñas. Ellas han sido siempre al menos el 50 por ciento de la fuerza de trabajo en el campo, siendo sin embargo excluidas de la propiedad de la tierra y del beneficio de esa labor. Una de las organizaciones que con más ambición está trabajando por la integración y el empoderamiento de la mujer rural es Microregión Económica Social MES, que atiende a 16 comunidades en Tecoluca, San Vicente. Desarrollan iniciativas económicas basadas en el sistema de crédito en especie, que consiste en la cesión de animales que deben ser devueltos al cabo de un tiempo para beneficiar a otras mujeres, el suficiente para que se produzca la reproducción. Entre sus actividades destacan la cría de oveja pelibuey, en la que trabajan 107 mujeres. Ellas mismas sacrifican los animales y los comercializan en forma de plato típico innovador. Otra iniciativa es la cría de gallinas indias, que se comercializan también como plato típico, con 308 mujeres beneficiadas. También realizan crédito en especie de ganado vacuno. En total son once iniciativas económicas solidarias en las que participan 797 mujeres. Casi 800 mujeres que han salido de la espiral tradicional de producción de maíz y granos básicos y se han diversificado para conseguir una autonomía y una capacidad de decisión que antes no existía para ellas. Hoy están presentes en las juntas directivas comunales, presidiendo algunas de ellas y tomando decisiones junto a los hombres.
De la necesidad virtud.
Incluso del drama la guerra han salido asociaciones de mujeres que hoy trabajan por ellas mismas y por su comunidad. Es el caso de AMCAPIC, en Cuyultitán, departamento de La Paz. Allí, durante el conflicto, un grupo de seis mujeres recibieron formación por parte de la Asociación de Mujeres Rurales, que les capacitó para la elaboración de pomadas y jarabes, medicamentos que se utilizaban para curar a los heridos. Tras los acuerdos de paz, estas mujeres de una zona rural empezaron a vender sus productos y después siguieron formándose, aprendiendo también a fabricar champú de distintas hierbas. Hoy son 20, salen adelante con su trabajo y ya cuentan con un local en el que fabricar y vender sus productos, que tienen por cierto un éxito considerable.
Gloria Esperanza Miranda era brigadista en la guerra, se dedicaba a curar heridos en el frente. Desde 1992 ella y otras brigadistas se integraron una red de organizaciones feministas que, con el apoyo de UME, realizaban proyectos sanitarios y económicos en distintas comunidades del municipio de Suchitoto. Hoy, en su zona, en la Ciudadela Manuel Ungo, dan asistencia médica a las siete comunidades que la componen. Dependen de las donaciones para pagar a una doctora. Si no hay donaciones suficientes, no tienen a la doctora, pero ellas, voluntariamente, siguen ofreciendo sus servicios. También trabajan contra la violencia de género y gestionan créditos y subvenciones para las mujeres de la zona a través de su organización.
DESMONTANDO ESTEREOTIPOS
Las mujeres salvadoreñas están abriendo nuevos caminos a la hora de producir. No sólo se dedican a fabricar productos artesanales o a recolectar bienes de primera necesidad. Su visión es también innovadora, como muestran distintos proyectos que se han podido conocer en esta muestra. La Asociación de Mujeres de Jiquilisco APADEIMJ además de acompañar los distintos problemas que enfrentan normalmente sus socias, se han dado cuenta que deben apoyar a las jóvenes para motivarlas a participar. Para ello, se han concentrado en actividades innovadoras, como la capacitación en decoración de uñas y uñas acrílicas, una actividad que tuvo mucho éxito entre las más jóvenes visitantes a la feria. Con esta actitud abierta han atraído a una considerable cantidad de mujeres jóvenes de esta zona oriental. Sus cursos de formación han capacitado a mujeres albañiles y electricistas y también se han concentrado en la alfabetización. Sobre la zona de la bahía de Jiquilisco pende la amenaza de los grandes hoteles resort, que supondría más exclusión de la población, en especial de las mujeres. De ahí que la actividad de APADEIMJ y otras organizaciones de mujeres de Jiquilisco tenga más sentido que nunca de cara al futuro.
En el cantón Guarjila, en Chalatenango, la Cooperativa mixta Guarjila, formada por 12 mujeres y 5 hombres, ha desarrollado un sistema para deshidratar frutas aprovechando la energía del sol. Con el apoyo de una ONG austriaca han puesto en marcha horno en el que unas planchas de piedra guardan el calor del sol y es capaz de deshidratar las frutas, que luego venden en mercados y ferias. El sistema es económico y su producto tiene éxito. Llevan ya nueve años produciendo esta mercancía.
LUCHANDO POR UNA SOCIEDAD MÁS JUSTA
Son muchos los logros que han realizado estas mujeres, sin embargo, muchos son también los esfuerzos que les quedan por hacer. En Chalchuapa, Santa Ana, la Asociación de Mujeres Chalchapanuecas por la Equidad de Género trabaja en educación, violencia de género, gestión ambiental y economía solidaria. Cuatro campos de acción que suponen un intento de superar una situación difícil causada, además de por las estructuras sociales tradicionales, por la presencia de una maquila, situada frente a su comunidad. Ellas utilizan el desperdicio de la factoría para fabricar cojines y almohadas que comercializan en distintas ferias. También hacen trabajos de artesanía. Por lo demás, la maquila no da hoy trabajo, ni arregla la comunidad, pero vierte sus aguas contaminadas directamente a sus casas. De ahí, el comité de gestión ambiental que formaron, para denunciar esta situación. Han denunciado a la factoría en numerosas ocasiones sin conseguir que los responsables de Medio Ambiente les den una solución.
Al parecer, la tierra en la que se asienta esta maquila, antes un cafetal, pertenece al ex diputado y ex presidente de la Asamblea Legislativa Juan Duch. Según nos cuenta Norma, integrante de esta asociación de mujeres, los terrenos son alquilados a las transnacionales, que usan la fábrica durante un año y después se van sin pagar indemnización alguna a los trabajadores. Al poco llega otra empresa que emplea a los mismos trabajadores y al año vuelve a marcharse. Así un año tras otro. Según Norma, las empleadas de esta factoría, en su mayoría mujeres jóvenes, muchas de ellas madres solteras, están cobrando entre cinco y ocho dólares por día trabajado y soportan agresiones verbales y físicas a diario. Ellas, como muchas otras, piden justicia y castigo para quienes les están explotando y destrozando su comunidad. Sin embargo se chocan contra una estructura férreamente establecida que convierte en intocables a los que más tienen y en víctimas al resto.
Lo que sí está cambiando es la actitud de la mujer salvadoreña hacia la defensa de sus derechos. Derechos que derivan de su papel como empleadas, trabajadoras y propietarias de sus empresas. Hoy día, el 64 por ciento de las microempresas de El Salvador pertenecen a mujeres. Sin embargo, a la vez, ellas son mayoría en las cifras de trabajadoras y trabajadores no regulados en el país, una forma de anular los derechos que deberían derivarse del empleo, tales como el reconocimiento y protección del trabajo, una remuneración justa, seguridad social u organización laboral entre otros.
Según Nancy Orellana, que trabaja en la Sección de Estudios Económicos y Sociales de la Procuraduría para la Defensa de Derechos Humanos, el hecho de que la mujer sea la más afectada por estos problemas “no se trata de un proceso casual, ni neutral, ni mucho menos natural en la actividad económica. Responde a una lógica de orden sistémico de funcionamiento del sistema capitalista, aún neoliberal y además patriarcal, que para garantizar su reacomodo descarga en las personas que trabajan y en especial en las mujeres trabajadoras (…). La sobre-explotación es una de esas formas en las que los mandatos de género constriñen a las mujeres a responsabilizarse de la subsistencia en la precariedad económica; del cuidado de la vida en la precariedad social y ambiental; de la reproducción social en el agotamiento de oportunidades, recursos y hábitats”.
El V Festival de Economía Solidaria y Comercio Justo ha servido para consolidar las organizaciones de mujeres como una alternativa real al modelo reinante de explotación de los y las trabajadoras. Las mujeres salvadoreñas demuestran que juntas son más fuertes y que el modelo solidario es capaz de darles lo que no han conseguido trabajando por cuenta ajena; sostener sus hogares y ser autónomas frente a las estructuras sociales machistas.
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